Gliptodonte

¿Trotas acaso?
¿Alcanzas a mover la cabeza?
¿Cierras y abres los ojos?
¿Murmuras?
¿Roncas bufidos de satisfacción?
¿Muges de dolor?
¿O eres todo silencio,
majestuoso silencio y paz,
como ocurre con los monumentos
que no pueden hablar?

Eran unos gigantes que pastaban en los campos.
Eran, donde mucho mas tarde fuimos.
Allí en los largos días del verano, bajo los frondosos árboles, o en el frío invierno, al descampado bajo la lluvia y la escarcha, envueltos en neblina, resbalando el agua sobre la convexidad de sus inmensas jibas. Ojos que se abrían y se cerraban, deslizando gotas, el agua que empapaba la visión de las abundancias o las carencias.
Fueron testigos del paisaje y de su transformación, inconfundibles, los gliptodontes.
Van y vienen los gliptodontes, arando el suelo e incorporándose al paisaje.
Gliptodonte, raíz de las raíces, profeta biológico del futuro.
Gliptodonte, has elegido esta pampa terrosa, blanda y lisa, sin la piedra que raspa y que se queda.
Te oigo: “¡Sácame de la tierra! y te mostraré tu herencia. Yo soy el gliptodonte del recuerdo oculto y de la riqueza austral donde el abrazo de viento es muerte, donde se erosiona lo que aún no existe.
Yo soy el gliptodonte, ¡sácame del silencio y de los sedimentos cansados de sedimentarse! ¡Porque quiero verte la cara, argentino lejano y austral! Yo estoy debajo de esa pampa húmeda que tú explotas y levantas muchas cosechas. Yo estoy debajo y empujo tu riqueza de argentino rico. ¡Argentino!, que alimentas tus trigos con mis huesos que se van haciendo polvo, aún puedes verme la forma, ¡sácame!, y mis corazas, mis constancias, podrán ayudarte a ser fuerte y constante, hoy que necesitas algo más que todas las constancias y todas las fortalezas. Mi perspectiva es grandiosa. Yo soy el gliptodonte lleno de majestad austral, sobre el que descansan los frutos de tu pampa fértil y a cuyo nivel de habitante subterráneo se recrea el petróleo y los minerales.
¡Sácame y verás mi solemne perdurabilidad! Mi andar era el de una carroza de reyes. Nadie osaba interrumpir mi paso, como el tiempo tampoco logra interrumpir mi permanencia.
Yo, que soy identidad, y la mantengo, ¡argentino!, recuerda que entonces era cuando aún estaban todas las páginas en blanco. ¡Sácame!, yo ya no puedo andar solo, ¡sácame!, y andaré de otra manera, para empujarte y así andarás, y yo andaré en ti.
¿Por qué crees que la planta de maíz dobla su tallo? ¿Por qué el trigo engorda satisfecho y el lino tapiza los campos? ¿Por qué el arado remueve los terrones del humus siempre negro, siempre esponjoso y siempre complaciente?
En silencio levanto las plantas y los árboles y los sostengo. Junto a mi se regocijan esperanzados en la extracción, los minerales y el combustible, que al brotar anunciará su parentesco con mi fosilizad.
¡Yo soy el gliptodonte de los argentinos! Tómame para tus cosas. ¡Méteme en tu heráldica!, soy el gliptodonte. Estaba antes de lo que hoy es antiguo, mucho antes, cuando todavía las páginas estaban en blanco. ¡Méteme en tu heráldica junto a tu idioma! Merezco estar allí, soy la piedra, inconmovible, paciente, soy la identidad, perdurable y solemne. ¡Méteme en tu heráldica para que se conozca de los argentinos la voluntad de ser. Para que se lea en las páginas del tiempo la voluntad de Dios!

Fui manso como la piedras,
cuando comía las hierbas
y revolvía los vulvos y las raíces;
cuando me hacía estático
componente del paisaje.

Acostumbrado a ser a mi manera
en mi retozar lento.
Entrenado para escuchar al tiempo,
contemplaba y cumplía
los planes filogenéticos de Dios.

Mi ferocidad quedó en los reportajes telúricos
y en la potencia de mi quietud
y mis enojos duraban lo que las tormentas.
Vi al megaterio
levantarse como un parva
y alcanzar las ramas tiernas de los árboles.
Supe del miedo que produce el ácido mensaje
del smilodonte, que tiene
colmillos de sacrificio.

Las aves eran hojas que se llevaba el viento
para hacerse nubes.
Después emigraron las rocas a las montañas
y yo me fui a la tierra a esperarte,
hombre de olor civilizado
que caminas sobre mis huesos.
¡Sácame! Aún conservo el instinto


pertenece al libro Gliptodonte, Ed. Pleamar, Buenos Aires, 1986

Los Ameghino (Fragmento)

Florentino Ameghino
Tormentas de polvo por los campos y la marcha
mágica de los campos
Avance y retroceso del mar.
Subterráneos movimientos gestan la formación
pampeana
Florescencia salina de los ríos. Pinceladas de
niveles. Capas, toscas, estratos.
Y siempre el río y la villa de Luján
en el destino.
Florentino Ameghino.
Mantos de conchillas, esteros y pantanos.
Trampa para los animales ahogados por el barro.
Milodontes. Megaterios. Gliptodontes.
De Mercedes a Luján,
de Luján a Mercedes.
Doscientas especies de mamíferos
y en el mismo barro, junto al río
los paraderos del hombre primitivo.
¡Florentino Ameghino!
Riesgoso nivel de las
ideas y las doctrinas,
nivel ameghineano.
La flecha de piedra junto al manto acorazado
del gliptodonte. Señales de percusión en las
piedras y huesos rayados.
Huella del hombre, jeroglífico, mensaje indefinido.
Florentino Ameghino.
Sudamericanos monos fósiles. Más humanos.
Homínidos les llamarán los sabios.
¡Y allí vamos tomados de la mano!
¡Corre, primate, corre en tus dos patas!
Tres millones de años te bastan.
Australopitecus, afarensis, africanus, robustus.
Aegyptopitecus, pitecantropus erectus.
Homo habilis.
Homo sapiens.
Homo de Neandertal.
Homo de Cromagnon.
Homo pampeus.
Homo sinemento.
Protohomo.
Diprotohomo.
Homunculites
Phiteuculites.
Diprotohomo platenses. Tetraprothomo argentinus.
¡Florentino Ameghino!


el relato pertenece al libro Gliptodonte, Ed. Pleamar, Buenos Aires, 1986.

Ropajes

Soliloquio bajo una sombrilla

Parece mentira, ver hombres desnudos,
tan mansos y seguros
tumbados y quemados.
en actitud de regalarle todo al tiempo
al tostamiento.

Estos mismos hombres tan indiferentes ahora,
son los que se ponen, serenos:
yelmos de guerreros,
ropas de combate, trajes de acuanautas
y astronautas,
amplias sotanas parroquiales,
togas y habitos monacales,
pieles del oso de las cavernas,
calzones de raso
y botas por si acaso,
mantos de arminio como andamiaje,
armaduras, flecos,
cascos de acero y hasta amplios plumajes.

Parece mentira, ver hombres desnudos,
tan mansos y seguros
tumbados y quemados.
en actitud de regalarle todo al tiempo
al tostamiento.

Llegué hasta la arena. Me saqué la ropa y en pantalón de baño,
me apresté a tomar sol y a tostarme según lo que correspondía.
Después, bajo la sombra de la sombrilla (pequeña sombra) ví
en mis semejantes, como y en qué manera nos habían lavado la
herencia, como nos había cambiado la calle, como fuimos dejando
en el camino despojos de cultura y experiencia, de fé, de lógica,
de seguras pautas para alcanzar la Eternidad.
Y ví que la eternidad había sido cambiada por la Momentaneidad
a través de la limitada percepción de los sentidos, que no abarcan
más de cinco dimensiones, que no alcanzan siquier a ser media docena.


publicado bajo el seudónimo de Hidalgo Guerra, en Abrenuncio, libro de poemas y relatos, Buenos Aires, 1977.

El Moconá

Ischigualasto

Es un ornitorrinco azul que me espera

Es un ornitorrinco azul que me espera
en la orilla.
Es un deslizarme hasta allí para verlo.
Es un sentir sudimensión zoológica,
su clase, su especie, sus fauces
y sus pequeños ojos.

Me complica este ornitorrinco que aún no he visto
y ya estoy en duda
si existe o es una promesa.
¡Ornitorrinco azul! escapado de mis especulaciones
complacientes
¡Ornitorrinco azul! ya empiezas a pesar entre mis espejismos.
¡Ornitorrinco azul! habitas ya entre las ninfas y las sirenas.

Te haré dios, te haré un dios más,
te haré un resplandor
de reacciones y antirreacciones.

¡Ornitorrinco azul! ya me presiona tu imagen,
creada mientras usaba de mi libertad desbocada,
como potro,
como paloma disparada,
como río desbordado,
como papel y pluma al viento.

¿Qué haré cuando llegue a la orilla y no te vea,
ni pueda palpar tu lomo sedoso?
¿Qué haré cuando me enriede en tu trampa y no pueda salir
de ella?
¡Ornitorrinco azul! yo soy culpable de tu ausencia
como el recuerdo de una espina dolorosa.

¡Cómo añoraré los cánones proporcionados por la Creación!
¡Cómo añoraré los campos del Señor!
¡Donde saltan las liebres,
donde revolotean los pájaros,
donde son las verdes olas de los mares habitados por peces!

Porque me he constituido en sabio,
en rector de fuerzas,
en prefijo y sufijo de conceptos y vivencias
y juego con las manos llenas de un montón de cosas vacías.
Falso profeta que arrima el agua de los vecinos al error
de su molino.
¡Zoólogo lleno de soberbia,
que ha inventado un ornitorrinco azul!


firmado bajo el seudónimo de Hidalgo Guerra,
publicado en el libro de relatos y poemas
Señales y Esperanzas, Buenos Aires, 1980.